LILYPOND 1.- CONSIDERACIONES INICIALES

  1. Consideraciones iniciales

1. Consideraciones iniciales

Los programas de notación musical son uno de esos casos en los que la informática ha supuesto una auténtica revolución, un antes y un después sin el cuál no se podría entender la “universalización” generalizada que ha tenido lugar en las artes musicales durante las últimas décadas. Hasta la llegada del software de notación musical, la tarea de transcribir las partituras manuscritas a papel impreso era un auténtico arte, solo al alcance de unos pocos artesanos, y lleno de toda clase de herramientas y artilugios tipográficos de misterioso origen y utilidad para los profanos en la profesión. Sin embargo, no es oro todo lo que reluce, y es que esa gran revolución tiene su particular lado “oscuro”.

En primer lugar, el software de notación sufrió una vertiginosa evolución en sus primeros años, pasando de simples programas que apenas servían para elaborar sencillas partituras escolares, a complejísimas suites ofimáticas capaces de maquetar, por sí mismas, en nuestro ordenador personal, toda una ópera Wagneriana. Pero también es cierto que esa evolución ha sufrido un “parón”, y en los últimos tiempos, las mejoras en los programas de notación musical han sido más bien escasas, orientadas más a la actualización de lo ya existente que a una evolución de los mismos, sin abordar, ni mucho menos solucionar, el segundo gran problema de este tipo de programas.

Y es que el software de notación musical, precisamente por todas las capacidades técnicas que ponen a nuestro alcance, son programas de muy complicado uso, poco o nada intuitivos, y los que tienen grandes virtudes en unos aspectos, tienen desastrosas carencias en otros, provocando que siga sin existir el software de notación “perfecto”, esto es, de sencillo uso, intuitivo, y capaz de darnos toda la complejidad que necesitemos sin tener que estudiar un manual de 800 páginas para ello.

Para finalizar, el tercer gran inconveniente del software de notación es el desorbitado precio de sus licencias. Bien es cierto que existen versiones más económicas, que apenas llegan a los 100€, pero esas versiones están tan limitadas en sus capacidades técnicas, que apenas sirven para crear partituras de carácter muy generalista, y en cuanto nos salimos de ese paradigma y pedimos un poco de complejidad a nuestras partituras, descubrimos que para poder realizar la tarea deseada, debemos adquirir una licencia completa del software, lo que supone un desembolso que puede variar entre los 500 y los 600 euros, un precio inasumible para la gran mayoría de bolsillos.

En definitiva, cuando uno se acerca al mundo del software de notación, se encuentra de mano con que el acceso al mismo está limitado por su desorbitado precio, y con solo dos o tres programas copando el mercado, lo que supone que ya en un inicio, uno tenga que tomar una complicadísima decisión: tengo que gastarme 500€ en un programa, ¿cuál debo escoger, cuál se adapta mejor a mis necesidades?

Lo cierto es que no existe una respuesta “correcta” a esa pregunta, como decíamos anteriormente, dichos programas tienen grandes virtudes, pero también frustrantes defectos. En este punto debo aclarar que lo que sigue no es más que mi opinión personal, derivada de mi experiencia con dichos programas, y que por lo tanto, es una opinión completamente subjetiva, y que no pretende en absoluto polemizar con otros usuarios u otras valoraciones sobre los mismos. Es solo mi opinión, basada en la experiencia, pero única y exclusivamente mi opinión.

De un lado, tenemos Finale, el gran “referente” en cuanto a notación musical se refiere. Un programa abrumador en todos los sentidos. Nos da todo lo que podemos imaginar, podemos crear todo lo que nos venga a la mente, pero precisamente esa capacidad de crear casi cualquier cosa, es también el origen de su principal defecto: su complejidad de uso. Es poco intuitivo, lleno de menús, opciones y submenús que no solo no aclaran las cosas, si no que le añade todavía más complejidad, agregando a su vez toda una serie de nuevos botones de opción, casillas de verificación, nuevos menús y submenús, etc., convirtiendo su interfaz en una endiablada trama de opciones difícilmente desentrañable para los neófitos. El punto fuerte de Finale es la gestión y creación de instrumentos, tanto físicos como virtuales, esta vez sí, sencilla y bastante intuitiva, y que dota al programa de una capacidad en este sentido digna de elogio. Por contra, la labor de “maquetación” de partituras con Finale, es excesivamente laboriosa. Habrá que dedicar mucho tiempo y esmero en que las dínamicas, los textos, los acentos y demás signos de expresión musical, ocupen el lugar correcto, sin que se pisen o se monten unos encima de los otros.

Ventana principal del software de notación "Finale"

En segundo lugar tenemos el otro gran “referente”: Sibelius. Un programa con una interfaz mucho más amigable e intuitiva que la de Finale. Con gran cantidad de opciones y con la que también podremos crear cualquier partitura que necesitemos. La gran virtud de Sibelius es que es un programa que en el 80% por ciento de los casos nos dará un aspecto final de partitura muy bueno sin que tengamos que modificar nada, solo con las opciones predefinidas. La excepcional opción de maquetación automática, establece también su gran diferencia con respecto a Finale. Gracias a dicha opción, la maquetación de nuestra partitura nos llevará mucho menos tiempo y trabajo. Por contra, el gran “hándicap” de Sibelius es la gestión de instrumentos, tanto físicos como virtuales. Intentar encontrar o añadir un nuevo instrumento, que no se halle entre sus plantillas, es un proceso absurdamente complicado y enrevesado. En cuanto a la gestión de instrumentos virtuales, es un proceso en el que —para entender su lógica— solo se deberían adentrar músicos con buenos conocimientos en informática musical. Si a uno le sirven las librerías de sonidos predefinidas incluidas en el programa, podrá desenvolverse con ellas sin demasiados quebraderos de cabeza, pero si desea crear sus propias librerías, o utilizar sus propios teclados, plugins VST o sintetizadores, deberá —literalmente hablando— pelearse con el programa durante horas de pruebas y frustaciones, para lograr que todo funcione de la forma deseada.

Ventana principal del software de notación "Sibelius"

Por último, hay un nuevo miembro en la familia de grandes suites de notación musical: Dorico, de la empresa Steinberg, dueños de los conocidos Cubase y Wavelab. Por desgracia, no he tenido, ni probablemente tenga, oportunidad de probar dicho software, cuyo precio ronda en torno a los 600€, por lo que no puedo dar mi opinión sobre el mismo, sobre sus virtudes, si las tuviera, o sobre sus defectos, si los hubiera.

Ventana principal del software de notación "Dorico"

¿Y qué lugar ocupa entonces Lilypond en este panorama? Pues bien, Lylipond ocupa su propio espacio y lugar, ni puede, ni debe competir con los gigantes del sector. Por un lado, Lylipond es un programa con licencia GNU, lo que quiere decir que es software libre. Lylipond es gratuito, nos lo podremos descargar, instalar y utilizar libremente y sin ningún tipo de coste desde su página oficial: lilypond.org. Sin embargo, hay algunos factores que debemos tener diametralmente claros si al final deseamos utilizar Lilypond como nuestro software principal de creación de partituras.

Lo primero es que Lilypond parte de una premisa y concepto completamente diferentes. Mientras Finale, Sibelius e incluso el nuevo Dorico son programas basados en una interacción gráfica con el usuario, es decir, escogemos las notas, signos, etc., y las colocamos visualmente en la parte del pentagrama que deseamos, Lylipond no dispone de una interfaz gráfica con la que interactuar. Con Lilypond, todos los caracteres, signos, tipografías, etc., las colocaremos mediante instrucciones escritas, al modo en que se escriben, por ejemplo, los códigos de programación en lenguajes tipo Basic, C, Pascal o Java. Esto en sí mismo no es ni bueno ni malo, es simplemente diferente. En algunos casos tiene ventajas sobre la interacción gráfica, y en otros inconvenientes. No deberíamos tener miedo a esta diferencia, ya que si bien es cierto que tiene su propia “curva de aprendizaje”, no es menos cierto que esa curva no es muy diferente ni más complicada que la que pueda tener Finale, por poner un ejemplo.

Página Web del programa de notación musical "LilyPond"

Por otro lado, Lilypond es un programa cuyo potencial está orientado casi con exclusividad a la tarea de editar y maquetar nuestras partituras para su posterior impresión, ya sea en papel o en formato digital. Esto quiere decir que donde Lilypond muestra todas sus virtudes y compite directamente de tú a tú con cualquier otro software de notación musical, es en el proceso de trasladar o copiar una partitura, bien manuscrita, bien impresa, a formato digital, para darle el uso que estimemos oportuno. ¿Quiere esto decir que con Lilypond no podremos realizar otras tareas, como por ejemplo componer directamente con él? No, ni mucho menos, por supuesto que podremos hacerlo, pero teniendo muy claramente en cuenta sus limitaciones, como la de que no podremos gestionar instrumentos o plugins VST con él, que la única forma de escuchar lo que estamos creando es mediante un archivo MIDI genérico creado por el programa en el momento de compilar la partitura, y que el tratamiento de parámetros de dicho archivo MIDI, por ejemplo de la dinámica, requiere un proceso a parte del que supone la propia creación de la partitura. Con todo ello, resulta evidente que para el proceso propiamente compositivo, Lilypond no es el software más recomendado, pero una vez la obra ha sido creada, y deseamos editarla y maquetarla para poder interpretarla, es en ese contexto donde Lilypond despliega todas sus capacidades.

No vamos a extendernos en el proceso de instalación de Lilypond, ya que se instala como cualquier otro programa de ordenador: desde su página web nos bajamos el archivo ejecutable compatible con nuestro sistema operativo, lo ejecutamos y listo, ya tendremos Lilypond disponible en nuestro ordenador.

En cuanto a su utilización, sin ser mucho más complicado, si requiere cierta explicación. Lilypond es en realidad un compilador. Esto quiere decir que la forma de funcionar de Lylipond es la siguiente: crearemos un archivo de texto plano, de los que se crean con el típico bloc de notas de cualquier sistema operativo, pero ojo, que no valen programas de creación de documentos, tipo Word, LibreOffice y similares, solo programas que generen archivos de texto plano, sin estilos de letra o tipografía; programas como el citado Bloc de notas, Notepad++, o el que aquí vamos a utilizar, el Visual Studio Code de Microsoft. Con dichos programas generaremos un archivo al que tendremos que modificarle su extensión por la propia de Lilypond, “.ly”, para indicarle al programa que ese archivo contiene el código que necesita para generar una partitura. Una vez creado el archivo, tan solo tendremos que ejecutar Lilypond indicándole cuál es el fichero que queremos compilar. Lilypond hara su magia y al finalizar, tendremos nuestra partitura generada a partir de un simple archivo de texto. Así funciona Lilypond.

Ventana principal del editor de código "Visual Studio Code"

Existen multitud de programas que utilizando Lilypond como motor, ofrecen una interfaz de usuario más amigable y parecida a los programas de notación más convencionales. El mejor y más conocido es Frescobaldi, que nos ofrece la automatización mediante opciones gráficas, de algunas de las tareas y mecanismos más habituales de Lilypond. Sin embargo, como la meta de estos tutoriales es controlar el motor de Lilypond propiamente dicho, utilizaremos un editor de textos para generar los archivos “.ly” y el motor de Lilypond instalado por defecto para generar las partituras.

La ventana principal de nuestra particular suite, es decir, aquella en la que desarrollaremos la mayoría de nuestro trabajo, es el editor de textos. En él será donde escribamos las órdenes que le dirán a Lilypond como generar la partitura. Una vez generado dicho archivo, acudiremos a la aplicación Lilypond para compilarlo y obtener nuestra partitura, en la que comprobaremos la exactitud de nuestro trabajo, si vamos por el camino correcto, o en su caso, ver los errores que hayamos podido cometer.

Empecemos con un sencillo ejemplo. Crearemos un compás de compasillo con 4 negras en clave de sol. En nuestro editor de textos, escribiremos el siguiente código, tal y como se muestra en pantalla:

\version “2.18.2”
{
    c’ e’ g’ e’
}


En otro momento entraremos a explicar detalladamente el significado de cada una de las líneas. Ahora lo que debe importarnos es que una vez que hemos guardado el archivo, lo único que tenemos que hacer es arrastrarlo hasta posicionarlo encima del icono LilyPond que el instalador del programa ha creado en nuestro escritorio. Una vez hecho esto, en el directorio donde tenemos ubicado el archivo “.ly”, se nos habrán creado dos nuevos archivos, uno con la extensión “.log” y otro con la extensión “.pdf”. Evidentemente, si abrimos el archivo con la extensión “.pdf” tendremos nuestra partitura recién creada. En cuanto al otro archivo, el que termina con la extensión “.log”, tendremos en su interior un archivo de texto plano, en el que se nos mostrará el proceso que ha realizado LilyPond para crear la partitura. En el además se nos mostrarán aquellos errores de sintaxis o de ejecución que puedan impedir que la partitura se compile de forma correcta. Ni que decir tiene que este archivo es fundamental para realizar labores de depuración y control de nuestros archivos Lilypond, ya que será el que nos muestre que errores existen, su ubicación y nos de pistas para poder encontrar la forma de solucionarlos.

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